En Good2b nunca hemos sido muy fans del minimalismo entendido como neutralidad absoluta. Ese blanco impoluto que no dice nada del espacio ni de quien lo habita. Y si hay un territorio donde esa falta de alma se da casi por sentada, es la oficina. Desde aquí queremos huir de esa generalización, por ello no podíamos no hablar de esta pieza con la que confesamos haber tenido un flechazo instantáneo. Seletti toma uno de los objetos más universales y usados del día a día y lo lleva al extremo opuesto: lo agranda, lo ilumina y lo convierte en protagonista.
Se trata del bolígrafo BIC Cristal, ese clásico entre los clásicos de la papelería que cualquiera ha tenido entre manos alguna vez y que es incluso un imprescindible para quienes no lo cambian por otro bajo ningún concepto. Es ese objeto que forma parte del paisaje visual de todo espacio de trabajo que se precie, ruedan por la mesa de cualquier oficina y viven en el fondo de bolsos. Ahora, la marca italiana reconfigura ese pequeño compañero de vida en clave de pieza de decoración. El resultado es una lámpara que habla por sí misma y llena de carácter una estancia. Y sí, de esas que generan conversación desde el primer vistazo.


Un homenaje de diseño
La BIC Lamp, desarrollada junto al diseñador Mario Paroli, replica el bolígrafo original a una escala de 12:1 y mantiene intactos sus códigos visuales: el cuerpo transparente, el clip, el tapón en azul, negro o rojo. Donde antes había tinta, ahora hay una tira LED que recorre toda la pieza y aprovecha precisamente aquello que hacía reconocible al objeto: su carcasa translúcida. La colección se presenta en versiones de pie, colgante y mural, pensadas tanto para espacios domésticos como para entornos de trabajo que no quieren parecerlo. No es casual que este lanzamiento coincida con el 75º aniversario del BIC Cristal; más de cien mil millones de unidades después, el icono se permite una segunda vida.


La propuesta es un acierto absoluto y encaja perfectamente con el ADN de Seletti, una firma que lleva décadas reinterpretando lo cotidiano desde una mirada pop, directa y sin sutilezas. Además de un reconocimiento con ese toque de irreverencia propio de la casa, se trata de un gesto claro de diseño: reconocer el poder simbólico de un objeto y traducirlo a otro lenguaje sin perder su esencia. ¿Es una lámpara para todo el mundo? Pues la verdad es que no, y eso que es prácticamente imposible que alguien no pille la referencia. Lo que es seguro es que es una de esas piezas que rompen con la idea de espacio de trabajo aséptico y recuerdan que, incluso los objetos más anodinos, pueden tener carácter cuando se miran con un poco más de intención. Eso sí: o la amas, o la odias (o la necesitas urgentemente, como nuestro team).