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Bru Romero

Si hay un local que recupera el buen servicio en materia de caldos (vinos) son las vinotecas. Paraíso para aquel que gusta de probar y paladear diferentes texturas y sabores en olfato y paladar y que añaden un punto más de exclusividad en un plan de comida y cena. Maridajes que en el caso de Las Carboneras de Lu defienden, como pocos, uno de nuestros productos patrios por excelencia, así como un buen hacer en cocina.

Los platos en Las Carboneras de Lu se equilibran a la perfecta y bien elegida selección de vinos

Situado en pleno centro e indicado para sibaritas y foodies de bien que busquen un poco más, Las Carboneras de Lu es el sueño de la chef Lourdes Poveda, curtida en la escuela de cocina Le Cordon Bleu. Ella, en un mano a mano con su marido Carlos Romero, refleja su clara pasión por la historia gastronómica española (el restaurante está enclavado en unas carboneras de 1902 para más inri) y se entrega a la aventura de mantener una extensa y variada carta de hasta 200 referencias para los bebedores más pro.

Esto, unido con una carta que cuida la ejecución de cada plato, su presentación y el academicismo propio que rodea a la experiencia, convierten a Las Carboneras de Lu en un restaurante que pocos habrás visto en Madrid.

Una nueva manera de disfrutar de las materias primas que nos da la temporada que, sin perderse en esa mal llamada cocina de autor, exuda calidad y buen gusto de principio a fin.

Así, con su trilogía de sardinas (aceite, ahumadas y en escabeche), el jardín de puré de boniato, calabaza, membrillo y zanahorias, los callos a la madrileña con garbanzos Pedrosillanos, la flor de calabacín en tempura rellena de brandada de bacalao, las conchas de pasta rellenas y gratinadas a la siciliana, las carrilleras ibéricas al Pedro Ximénez, los tournedos de ternera al estilo Rossini con foie y salsa de chalotas, el cochinillo ibérico con tatín de membrillo y salsa de manzana y jengibre, los langostinos al curry o el bacalao negro confitado y con emulsión de mantequilla de algas y ajo negro, nos obligan a que no podamos por más que celebrar la idea de la virtuosa Poveda y sus fantásticas carboneras.  

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