La vuelta de las vacaciones y la llegada del otoño, a puntito, es momento más que perfecto para que nos zambullamos de pleno en todo lo que Madrid nos puede ofrecer en esta nueva temporada. Una estación que preinauguramos dejándonos caer por uno de esos restaurantes llamados a convertirse en imprescindibles en esa lista de paradas gastronómicas obligatorias que llevamos creando desde hace tiempo. ¿Cuál es? Ekö Bistró.
Localizado en la céntrica calle Sagasta y a un tiro de piedra de aquellos lugares que importan, Ekö Bistró se reabre al público como el bistró to be, tal cual.
El sueño hecho realidad de Iñigo Uribe y Edén Monoyez que, con mucho esfuerzo y más que sobrado talento, vuelven a la carga pero esta vez con una propuesta implacable de esas que te hacen temblar hasta las canillas.
Un Ekö Bistró que invita al sosiego, a la tranquilidad de un buen aperitivo, un cóctel para la ocasión o una cena sin prisa, que se convierte en la cena del mes.
Porque si algo tienen claro Uribe y Monoyez es que al cliente no se le gana con tendencias y varias y artificios, sino con ideas claras, bien ejecutadas, y al corazón. De ahí, que a su ya potente carta de platos donde la materia prima de temporada es lo primero se le una, ahora, un menú degustación de esos que te solucionan el tener que elegir y te regalan la fórmula de la felicidad.

Un menú para pedir un lunes tontorrón o en ese aniversario en el que quieres estar a la altura y que recoge, sin duda, la excelencia de un Ekö Bistró que se ha ganado su sitio.
Obsesiones que bullen en la cabeza y que se trasladan a los distintos platos sobre la mesa que se van dando el relevo para suerte de una clientela que va a disfrutar. Recuerdos de infancia, guiños a la francesa o pequeñas licencias que tornan en imborrables para un paladar exquisito ya de vuelta de todo.
Siete pases y sabores nunca antes saboreados prueban que Ekö Bistró es la reserva indiscutible
Un viaje que desde una tartaleta de cebolla francesa con pimientos escalivados y queso azul, unas ancas de rana con curry verde (¡ojito cuidao’!), pulpo en pure a la Du Barry y chocolate blanco a un salmonete con duxelle de champis, presa con puré de tupinambo y demi-glace de Oporto termina en una orgía de potentes sabores, gracias a ese postre con vainilla y maíz que sorprende y envicia a partes iguales.
Una expedición por lo más recóndito del historial culinario de Uribe que demuestra que su hoja de ruta es implacable e imposible de olvidar, más aún si sus sabores se mezclan con la propuesta líquida de un Monoyez, en estado de gracia, apta para aquellxs que no son muy de beber alcohol. Eso sí, recomendable es que prueben su sake, ¡qué sake!, no se lo pierdan.