Triunfar en la capital no es moco de pavo, por eso aplaudimos que el aquí presente, Corsario, haya conseguido en poco más de un año hacerse con el cariño de una clientela fija y de lo más molona.
Un orgullo que el chef Liván Valdés (que también tiene un Corsario en Ibiza, de gran éxito) luce en su chaquetilla con más alegría que la recomendación Michelin 2026, pues parece que su filosofía a la mediterránea ha convencido a tod@s.
Y es que en Corsario, donde la clientela es lo primero, han conseguido el magnífico equilibrio de servir producto de Km. 0, con honestidad y mirada puesta en la modernidad de una gastronomía que, aunque tradicional, es una gastronomía viva.
El joven Liván Valdés consigue atrapar con una propuesta sin artificios, pero con mucho productazo
Aquí no caen en los productos típicos que puedes encontrar en los garitos de moda. Ellos no son moda, ellos son perdurabilidad. La defensa de una serie de platos que no buscan epatar (pero lo consiguen), sino dar de comer con la mayor de las excelencias.
Un lugar donde desconectar, resetear, gozar y brindar al sonar de los tenedores, cuchillos y cucharas sobre los platos, mientras se desgranan con muchas ganas opciones como sus croquetas de jamón ibérico, la vieira de Bretaña a la madrileña con salsa de callos, las quisquillas de Motril con huevas de bogavante, las kokotxas de bacalao a la brasita, los cogollos de Tudela con rábano picante y ricota ahumada, la carbonara de navajas braseadas con su queso pecorino y su albahaca, el magnum de foie gras y brioche de tête, su solomillo de vaca vieja, el cordero lechal Colmenareña o ese marmitako de carrilleras de atún que a tod@s nos tiene en vilo cuando llega a la mesa.
¿Postre? El soufflé de yogur y limón o su anatomía de chocolate, que son el inicio de sobremesas que se van a alargar. Y lo sabes.