Hay cosas que simplemente funcionan mejor en pareja. A lo largo de la historia hemos tenido grandes dúos en prácticamente todos los ámbitos: del cine a la música, del arte a la moda. En gastronomía esto también tiene cabida. Porque sí, abrir un restaurante ya es bastante aventura… pero hay proyectos que deciden doblar la apuesta y crecer a partir de una misma raíz. Restaurantes que nacen de un mismo equipo, comparten espíritu y ADN culinario, pero toman caminos ligeramente distintos. Lugares que dialogan entre sí, que se complementan y que demuestran que, al menos en lo gastro, eso de que segundas partes nunca fueron buenas no siempre aplica. Hoy celebramos precisamente esos dúos. Cuatro parejas de restaurantes de Barcelona que han conseguido construir nuevos proyectos sin perder el vínculo que los conecta. Apunta estas cuatro parejitas a las que, desde ya, les deseamos una vida muuuy larga. Foto destacada: Taberna Nardi
Ultramarinos Marín y Ultrapaninos Marín: del asador al bocadillo (y viceversa)
Hay ideas que se replican y otras que se expanden. El universo Marín pertenece claramente a la segunda categoría. Primero llegó Ultramarinos Marín, ese bar-asador que se ha convertido en parada gastro obligatoria en una ruta foodie barcelonesa que se precie. Un espacio con dos almas muy claras: la del bar setentero que te recibe nada más entrar; barra larga, ambiente bullicioso, camareros cantando comandas y ese ruido de fondo que anuncia que aquí se come bien. Al fondo, en cambio, el asador donde la cosa se pone más seria. Parrillas, horno de leña, humo de encina, roble u olivo y un equipo obsesionado con tratar cada producto como merece. El resultado: cocina de producto llevada al límite técnico que convierte cualquier plato en argumento suficiente para volver.
Y cuando el invento empezó a generar colas, reservas imposibles y un pequeño culto alrededor de sus brasas, apareció Ultrapaninos Marín. Llamarlo “bar de bocadillos” sería simplificar mucho, aunque técnicamente lo sea. Aquí el equipo de Borja García Ordoño aplica la misma filosofía del Ultramarinos, pero en formato pan. Y cuando decimos pan, en realidad aplica a todo: pan propio, embutidos propios, encurtidos, conservas, salsas y hasta anchoas hechas en casa. El resultado son bocadillos sin pretensiones sobre el papel pero que esconden técnica, producto de altísimo nivel y combinaciones que demuestran que el lujo también puede servirse entre dos rebanadas. Dos espacios, misma raíz y una idea muy clara: cuando el producto manda, da igual si lo sirves en un plato… o dentro de un bocata.


Bar Pimentel y Taberna Nardi: del recetario castizo a las delicias del mar sin salir del Born
Hay proyectos que encuentran su sitio tan rápido que la segunda dirección parece casi inevitable. Eso es lo que ha pasado con Bar Pimentel, la taberna que Martín Pimentel abrió en el Born como homenaje a su abuelo Chujo y a esa cocina de toda la vida que nunca pasa de moda. Aquí manda el espíritu del bar clásico bien entendido: vermuts que alargan el aperitivo, tapas que apelan al recetario popular y un ambiente que mezcla a fieles del barrio con curiosos que vienen a comprobar por qué este sitio ha generado tanto (y tan merecido) runrún. Todo con ese punto castizo y canalla que convierte cualquier ronda en una sobremesa improvisada. La historia continúa a pocos pasos con Taberna Nardi, la hermana marinera del proyecto.
Si en Pimentel dominan los tonos rojos y el calor de la taberna tradicional, aquí el paisaje vira hacia el azul y la despensa del mar. Barra protagonista, pescado fresco expuesto a la vista, pizarra con sugerencias del día y una cocina que huye de la marisquería clásica para moverse con soltura entre robata, plancha y recetario reinterpretado. Hay guiños al ADN del grupo (ese calamar con kimchi o las zamburiñas con tomate confitado que hacen soñar) y platos que definen la casa, como los embutidos de mar, los huevos rotos con gamba roja o la carrillera de mar, que demuestra que el pescado también puede jugar en el terreno de los sabores profundos que domina su hermano Pimentel. Dos bares, dos universos muy claros y una misma filosofía: producto, carácter y ese ambiente vivo que hace que, cuando terminas la ronda, lo normal sea pedir otra.


Maleducat y Casa Fiero: dos casas de comida mellizas
Cuando Maleducat abrió en Sant Antoni en 2020, lo hizo con la etiqueta bien visible de Casa de Comidas, pero con ganas de estirar ese concepto todo lo posible. Tres amigos de la infancia, Víctor, Ignasi y Marc, levantaron un restaurante de carta corta, pizarra larga y una cocina catalana que se mueve con soltura entre el mar y montaña, el cuchareo con buen fondo de técnica y ese hedonismo desacomplejado que invita a pedir otra botella. Con los años el proyecto ha afinado el tiro sin perder su espíritu desenfadado, hasta el punto de convertirse en uno de los restaurantes insignia del barrio y colarse incluso en el radar de la Guía Michelin, que lo define como un lugar para “disfrutones inconformistas”.
Del éxito de esa casa madre nació Casa Fiero, el hermano ni mayor ni menor (como a ellos le gustan definirlo) que abrió en 2025 a pocas calles de distancia. Aquí el chef Víctor Ródenas baja ligeramente el volumen creativo para apostar por una casa de comidas más clásica, con platos reconocibles, brasa muy protagonista y un ticket algo más amable, aunque el ADN sigue siendo el mismo: producto, técnica y ese punto irreverente que también se cuela en la carta. Algunos hits de Maleducat han encontrado aquí una segunda vida (las bravas tienen su propio club de fans) junto a una propuesta pensada tanto para una comida de trabajo como para una cena sin prisa. Dos restaurantes que comparten raíz, pero que juegan en registros distintos… y funcionan igual de bien.


Clara y Clarete: del Mediterráneo libre a la barra de vinos del Farró
Antes de aterrizar en Barcelona, Clara ya había demostrado de lo que era capaz en Begur, en los bajos del hotel Aiguaclara. Allí el boca-oreja convirtió el proyecto de Fran Llobet, Alex Ruiz y Aníbal Santiveri en uno de esos restaurantes que se llenan sin demasiado ruido, pero con mucho criterio detrás. El salto a la ciudad mantiene intacta la filosofía: cocina mediterránea muy libre, con guiños a Francia y a México, donde el producto manda y las combinaciones se mueven con naturalidad entre mar y tierra. La carta de vinos (que ya apuntaba maneras), con fuerte presencia de naturales, redondea una propuesta que funciona igual de bien para una comida desenfadada que para una cena con algo más de intención.
A esa ecuación se suma ahora Clarete, su hermano pequeño en el Farró y el nuevo lugar al que ir cuando lo que apetece es tomar unos vinos, pero con intención. El espacio, diseñado por Oriol Gallart, juega con ese equilibrio entre modernidad y confort que invita a quedarse: cocina a la vista, grandes ventanales y una barra donde el plan pasa de café matinal a copa de vino natural casi sin darte cuenta. En la mesa, platillos pensados para acompañar la bebida a la altura de la misma. Carpaccio de pies de cerdo, steak tartar y otros bocados con reminiscencias de cocina catalana confirman lo que ya intuíamos: Clara y Clarete comparten origen y buen hacer, pero cada uno ocupa su momento perfecto del día y se complementan en función del plan.

