Hay mercados que se visitan por la mañana, con la bolsa de la compra, y mercados que invitan a quedarse. El del Ninot, en el Eixample, lleva tiempo siendo de los segundos. Entre puestos de carne, pescado y fruta, a pocos metros del género, funciona Tierra Brava, que acaba de renovarse por dentro y por fuera.
El edificio ya merece la visita por sí solo. Lo proyectó Antoni de Falguera y conserva una estructura novecentista que ha pasado por varias fases a lo largo de los años. Esa mezcla de historia de barrio y vida comercial es el telón de fondo de un restaurante que quiere parecerse a su entorno: más de local al que vuelves que de «sitio al que ir».

La barra, en el centro de todo
El gran cambio está en la distribución. El espacio se articula ahora en dos salones, una terraza y una gran barra central, que deja de ser un lugar de paso para convertirse en el eje del local. Desde ahí puedes ver cómo trabaja la cocina y cómo se transforma el producto, algo que en un mercado cobra todo el sentido.
La ambientación acompaña con verde botella, madera, luz cálida y tapicerías en tonos rojizos. Todo apunta a un aire íntimo, casi de casa, pero con el ritmo de un restaurante con vida. A eso se suman la coctelería de autor y una selección musical cuidada. Los jueves, además, hay un rumbero en directo para alargar la noche.

Cocina de mercado, con acento catalán
La carta de Tierra Brava se mueve en un terreno que conoce bien: el de la cocina de mercado mediterránea, con raíces catalanas y un giro contemporáneo. Platos que se reconocen a la primera, pero con un punto más de ambición.
Se puede empezar por lo más informal, con una burger madurada o un brioche de rabo de toro meloso, o por uno de los iconos de la casa, la pizzeta de fontina, huevo y trufa. Pero quizá el plato que mejor resume la propuesta sea el canelón de rustit con trompetas de la muerte, que toma la receta de casa de toda la vida, el canelón relleno del guiso de carnes típico de la cocina catalana, y lo acompaña de un bolet de temporada de aroma profundo.
La brasa y los arroces son el otro gran capítulo. Hay para elegir entre el arroz del senyoret, un clásico pensado para comer sin esfuerzo, el de butifarra de perol con setas, que lleva el embutido catalán a un terreno más contundente, y el de verduras, para quien prefiera algo más ligero. Y al final, los postres de Edu Flores, que firma la parte dulce, mientras Luis Arteaga se ocupa de la salada.
Una carta que se deja leer como se come en un mercado, con ganas de probar y un recorrido que cada mesa hace a su manera. Eso sí, casi todos acaban igual: pidiendo algo más y quedándose un rato largo.
